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Poligrafía Binaria

Gestión de la Cultura Pública

José Ramón I. Alba

Gestionamos la Cultura Pública sin tener en cuenta a quienes son los verdaderos protagonistas y referencia principal: los ciudadanos. Tomados de forma individual o colectiva, desde sus personas o integrados en asociaciones y colectivos. Ellos son las células de una ciudad en progreso, los que señalan los criterios y los que definen, en definitiva pero de forma inducida, hacia donde va el futuro de la sociedad en la que viven. La gestionamos sin integrarnos en el meollo, sin contar como referencia directriz con ellos. La gestionamos abandonándonos, como mucho, a la trampa cuatrienal de las elecciones y transmitiendo una seguridad artificial que ni de lejos podemos alcanzar sin la inmersión en el medio.

Gestionamos la Cultura Pública sin tener claro que los creadores son quienes componen la materia prima con la que trabajamos nosotros. Que son los artífices del componente substancial de intercambio. La gestionamos colocándonos en un pedestal de altivez mientras les atendemos como si fuera por favor. Eso en el caso de los “no consagrados”, a los que sí lo están les rendimos una pleitesía almibarada que les hace adherirse a un pedestal indiscutible. Con dinero público aseguramos privilegios, aunque no estamos para ello, para asentar en el mercado a determinadas figuras (sí estamos para facilitar, destapar, impulsar, motivar, proponer…). Porque el mercado no es misión de la administración sino de las empresas que a ello se dedican. Pero ¿hemos matado a estas empresas con la actitud desproporcionada de una Administración Pública que no sabe muy bien dónde está su sitio? La transcendencia del creador y la del ciudadano son de una enorme magnitud. Sin ellos la gestión de la Cultura Pública se queda en una vacía administración de contenidos más o menos bien empaquetados, más o menos bien expuestos. Sin vida. Sin implicación social. Ese no es el modo correcto.

La gestionamos sin tener en consideración, con todo ello, el complejo entorno social en el que germina la cultura. Un entorno, metropolitano en nuestro caso, en el que hierve la creatividad y no hay alambique que la destile. Porque cualquier acción de la Cultura Pública debe alcanzar unos efectos previstos (no sorpresivos) con transformaciones planificadas y con resultados económicos, humanos, urbanísticos… valorables y fruto de una intervención que parte de la idea y de la planificación.

Y no es menos importante el procedimiento interno. Aunque muchos responsables, políticos y técnicos, consideren y traten a los trabajadores de la cultura como meros transmisores de un procedimiento burocrático vacío y automático. Los prefieren carentes de iniciativa. Carentes de emoción, de complicidad, de participación. Gobernados desde modelos de capataz, tutelados, dirigidos y anulados en imaginación. Y si así no entran, así los vuelven para argumentar después la necesidad autocrática (“no se os puede dejar solos”).

Alcanzamos con todo ello un nuevo despotismo cultural en el que decidimos, desde un pedestal de privilegios que minimizan las más de las veces la realidad social emergente, las renovadas necesidades del ciudadano, el imaginario de los creadores… Abundamos en la perpetuación decisoria de unos cuantos elegidos sin complicarnos con abstracciones atrevidas. Y lo hacemos suprimiendo de un plumazo el riesgo y la búsqueda abierta de nuevos caminos, los caminos que vienen y que desde la administración nos negamos a considerar. ¿Deberíamos relevar a las mentes momificadas, a los capataces internos, a los prepotentes y desatentos? Luchamos contra una maquinaria administrativa que favorece la inmovilidad. (Ayer mismo leí un informe jurídico en el que se consideraba “peligrosa” mi tesis, esta tesis) Que impide la modernización de las estructuras y de los proyectos. Que impide que se avance y se deleguen responsabilidades bajo criterios recurrentes y atávicos fruto de sociedades y de necesidades que nada tiene que ver con las actuales.

Es injusto generalizar pero deberemos plantearnos si nuestra Organización funciona así. Y si así lo hace, qué debemos hacer y cómo para cambiar este hábito.

En realidad es más sencillo de lo que parece: la Política Cultural debe sustentarse sobre cuatro pilares:

- el ciudadano como referencia motriz,
- el creador como referencia carburante,
- el técnico como referencia instrumental y
- el entorno referencia conclusiva

Este debe ser el modelo para alejarnos del espectáculo (para ello existen industrias especializadas) y convertir a la Cultura Pública en un caldo de cultivo que favorezca la creatividad, la participación, la diversidad… lejos de las grandes inversiones que lo único que consiguen es entretener temporalmente a unos ciudadanos desprovistos de sugerencias estimulantes. Nosotros debemos retomar el campo que hemos abandonado: el de la implicación social completa, el de la huida de las grandes soflamas vacías, el de la inducción a la transgresión como modelo de tránsito, el de la valentía y el riesgo.

Estamos en el ámbito de lo público y debe desaparecer de forma radical el concepto de propiedad ( mi proyecto, mi servicio, mi museo…), debemos abrazar la complejidad, la diversidad, la multiplicidad de ideas y criterios, entrelazar intereses, experiencias, habilidades, conocimiento, debemos abandonar la prepotencia de lo mío, alcanzar el desapego y saber que lo que desde la Cultura Pública hacemos no tiene nada que ver con la autosatisfacción, que estamos obligados (por ética y estética) a la apertura desinteresada y al abandono de lo ostentoso. Utilizar la inteligencia colectiva, la de la organización y la de los ciudadanos (creadores o no) para alcanzar ideas con fuerza, que motiven los cambios, que los consoliden, que no sean una simple explosión pasajera sino que colaboren a crear una comunidad abierta y comprometida, culta en el mejor sentido del término. Aunque sea fatigoso y los resultados no se vean de inmediato, aunque se deban tomar decisiones difíciles por parte de los más altos responsables y se opte por enfrentarse con contundencia a la comodidad.

Seria muy agradable encontrarse con responsables políticos y técnicos sin miedo. Seria muy agradable encontrarse con profesionales arriesgados, esforzados, con un claro interés por lo comunitario, con una sana falta de ambición personal y desapego a la silla. Sería muy agradable encontrarse con ciudadanos críticos y exigentes. Sería muy agradable desterrar la ortodoxia y el miedo al cambio.
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