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Poligrafía Binaria

Sobre la Cultura, lo digital, el arte y su gestión

José Ramón I. Alba

Si aplicamos a la Gestión de la Cultura la sentencia de Wittgenstein en la que nos advirtió que los limites del mundo son los limites del lenguaje, admitiremos que las tecnologías amplían estos limites fisico-espaciales para acceder a un concepto de la Cultura dilatable hasta máximos poco imaginados. Podemos olvidarnos y liberarnos de las coordenadas cartesianas e instalarnos en un presente expansivo que trasciende el horizonte local, que aumenta las instancias de la realidad proximal. Los límites ahora son los límites de nuestras interfaces.

La recontextualización de la Cultura a través de la tecnología digital supone un verdadero aumento de la heterogeneidad creativa, la multiplicación de las visiones a partir de la disparidad social. La conquista del espacio Cibercultural, la riqueza multifacial del mundo digital nos indica que una intervención desde los sistemas ciber no debe quedarse en la fosilizada estructura de la gestión analógica de los procesos culturales. Las múltiples capas que se interrelacionan y se confunden dentro del paradigma digital hacen que su gestión se funda en un concepto que va más allá de lo que la presencia física pueda alcanzar. Un Universo mórfico en la línea de Ovidio “es mi deseo expresar las transformaciones de los cuerpos en formas nuevas”. La Ingeniería Cultural debe ponerse en marcha para alcanzar cánones que superen las limitaciones de una especie de gestores cuyas cualidades se limitan a la administración cautelar de lo que la sociedad reclama, de lo que otros (recalco otros) individuos crean. La gestión polimórfica de la Cultura nos lleva a la aplicación de ceros y unos en un entorno en el que los productos se convierten en una membrana permeable que amplifica las nuevas realidades y permite reemplazar las partes gastadas de la Cultura analógica. La tecnología cuestiona ideas antiguas y permite escaramuzas ideológicas en las que se supera el dualismo cartesiano que divide a la realidad entre lo material y lo inmaterial. El divorcio entre lo analógico y lo digital nos lleva a una descomposición en la que anclarnos en uno o en otro hace que perdamos la perspectiva de una realidad múltiple.

Los modelos actuales de gestión de la Cultura hacen que esta se reduzca a una practica estética y estática en la que se la percibe de un modo irrelevante y carente de sentido de implicación. Una actitud paternalista que esconde una explotación para el engrandecimiento del ego de quien la gestiona. La erupción creativa de los verdaderos actores se ve impedida tras unas estructuras monolíticas que limitan sus facultades de experimentación. Los resultados son decepcionantes ya que el que gestiona sabe muy poco o nada de lo que sucede en las mentes creativas.

Además de todo, una ciudad es una concatenación de relaciones con lo que su crecimiento no debe abordarse exclusivamente desde criterios economicistas o urbanísticos. La Cultura cada día influye más en el bienestar del ciudadano. Se entremezclan sensibilidades, se descubren comportamientos, se interactúa con otras realidades. La “Ciudad hojaldre” (C. García Vázquez) es el paradigma del futuro y esta debe tener en cuenta aspectos que van más allá de los meramente especiales (Telépolis en términos de J. Echevarría) el proyecto de anticipación cultural de los ciudadanos no pasa de forma exclusiva por los centros cívicos, culturales o vecinales. La contextualización de la Cultura supone analizar las particularidades del espacio y el tiempo, de ahí que la integración en el universo ciudadano sea uno de los retos más puros de sus gestores. El universo ciudadano como obra de Arte, como valor cultural. Los principales focos de desarrollo de las ciudades son las llamadas Industria Cultural e Industria turística. Si suponen el principal punto de progreso no es posible abordarlas desde modelos de gestión anacrónicos y estáticos. La Cultura abordada desde las tecnologías digitales ayuda a superar el ahogamiento de una gestión abocada a la promoción del espectáculo y el entretenimiento, a la difusión pasiva de las artes. Es necesario desfosilizar los modelos de gestión cultural.

La Cultura Pública esta obligada a la construcción simbólica de un universo social que bien puede basarse, hoy, en la adecuación de la tecnología a los procesos de creación y consumo cultural. Una nueva forma de pensar y sentir que incide desde lo más cotidiano hasta valores y experiencias sustentados sobre la recreación de universos oníricos. Debemos utilizar esta “contaminación digital” para estimular la especulación critica de los ciudadanos y contrarrestar la presión neoliberal de modelos poco orientados hacia la solidaridad y la permeabilidad. La Cultura Digital ve en estos procesos un modelo abierto para despertar mentes y atizar experiencias. Un modelo que permite ir más allá de la administración de espectáculos y que posibilita la multiplicación de las acciones de creadores. La personalidad e individualidad de las creaciones entran en un camino de duda y se generan desde aquí discursos artísticos participativos en los que la obras pueden ser sometidas a la manipulación metodológica abierta para alcanzar nuevas propuestas estéticas “preocupadas esencialmente por activar procesos más que por construir imágenes” (J. Lebrereo Stals) Cuestión esta que puede extenderse al resto de las disciplinas relacionadas con la gestión de la Cultura.

Debemos imaginar auténticos Centros Tenológicos de Cultura e los que se desarrollen todos los nuevos proceses de interacción, participación creación. La retórica de las tecnologías no puede hacernos perder el norte, no puede hacernos caer en el mito capitalista del progreso aséptico (el nuevo fundamentalista que promueve el absolutismo democrático, en el que la participación del pueblo se reduce a la inclusión de una papeleta cada cuatro años). La resolución de los problemas y contradicciones de un desarrollo tecnológico equilibrado pasa porque la Administración Pública garantice el acceso al bien común que de ahora en adelante puede ser la Cibercultura, y esta no puede convertirse en lo que es la Opera para la aristocracia casposa.

Al contrario, a medida que pasa el tiempo aumenta ese abismo que existe entre la paranoia digital y las desigualdades sociales (no solo económicas, insisto) La responsabilidad social de la Cultura digital debe ser un hecho que colabore en la superación (si somos posibilistas nos conformaremos con neutralización) de estas desigualdades. La tecnología como asiento eyectable que lanza a un Paraíso tecnófilo en el que todo esta estructurado para no sufrir no es cierta, cuando se desconecta, el conglomerado económico esta estructurado para que casi todos perdamos. El liberalismo tecnológico es el que toma las riendas cuando la conciencia se relaja. Por ello la Acción Cibercultural no debe clamar por una revolución que añora los cánones de los sesenta. La disidencia cultural debe tomar un camino nuevo que plantee el uso de las nuevas tecnologías para acceder a los campos interactivos de conciencia creadora, sabiendo que la evolución termina cuando se cortocircuitan los bucles de retroalimentación de la sensibilidad.

Sin embargo Internet no es un Universo mágico que asegura por si mismo el acceso metademocrático a la libertad, en nuestro caso, cultural. Internet es un constructo sometido a las leyes económicas que por si mismas ejercen acciones selectivas. Pretender la universalización desde estas lógicas es un arranque erróneo. Sin embargo no hay que dudar sobre sus importantes efectos multiplicadores en los que los impulsos progresivos de las políticas de crecimiento colectivo pueden colaborar a alcanzar extensas audiencias de otro modo imposibles. Ahí recae la responsabilidad supramunicipal de una gestión pública de la Cultura con referencias tecnológicas ejecutada desde la Administración Local.

Entre la utilización “neocon” de los nuevos medios y el ideal Ilustrado de la igualdad entre los individuos existe un amplio espectro de posibilidades en los que se sustenta la condición actual de creación, gestión y consumo del Arte y la Cultura. Tenemos ante nosotros un espacio cultural público de nuevo cuño en los que conceptos como presencia y duración deben ser revisados y adaptados por parte de los gestores culturales. El espacio multimórfico de la red admite nuevos modelos que deben ser abordados desde mentalidades que complementen el ecosistema analógico habitual. Con referencias que se liberen de prepotencias para poder alcanzar una horizontalidad simbiótica en la que todos las parte se contaminen, se confundan, se impregnen de una sabiduría compartida. El creador como potenciador, el gestor como facilitador, el público como generador. Enriquecer el universo cultural desde la generación de complejos interpretativos. Descargarse del imperativo institucional que se autootorga la capacidad de decidir sobre lo que es bueno y lo que no lo es, sobre lo que es Arte y lo que no lo es, casi siempre desde una postura de prepotencia personal. Es la trama asociativa la que activa un sistema colaborativo abierto. La cartografía actual de la Cultura y del Arte requiere de una revisión minuciosa que actualice sus coordenadas. Ya no vale la impresión subjetiva de unos cuantos privilegiados que han llegado a pisar su superficie. Esta transmisión mediatizada puede verse enriquecida por la experiencia de otros muchos individuos que han pisado otros “mundos culturales” y que pueden completar el mapa, un mapa en el que aparecen de verdad todos las escarpaduras.

La gestión digital de la Cultura no debe ser una mera exhibición. Debe ser un espacio representativo en el que los mapas que se vayan completando animen a su uso. El verdadero reto de la Gestión Cultural consiste en crear una sensibilidad que supere el consumo tecnológico pasivo. No me sirven las cifras de miles, de millones de “usuarios” de la red si este uso se limita al consumo despersonalizado de unos contenidos idiotizadores. El reto de los gestores de la Cultura es el mismo que el de los creadores: despertar una sensibilidad estética que desconecte para conectar. “[…] la economía de la información, en ausencia de objetos, se basará más en la relación que en la posesión.[…] el valor de esa relación residirá en la calidad de la ejecución, la originalidad del punto de vista, las destrezas, su relevancia para el propio mercado […]” (J. Perry Barlow) y esto vale tanto para el creador como para el gestor.

La utopía tecnológica como mecanismo de salvación es una falacia que solo pueden creer a pies juntillas los cibercretinos. La tecnología es una herramienta para el Arte y la Cultura como en su tiempo lo fue el óleo o la fotografía. Una herramienta que es inútil si no se sabe utilizar, tanto por parte del creador como por la del gestor. La verdadera tecnología es nuestro cerebro “cada uno tiene a su disposición el ordenador más increíble del planeta, pero desgraciadamente nadie nos ha dado el manual de instrucciones” (Anthony Robbins). Tampoco, aun así, el dominio de la técnica es garante de una obra de Arte. Un perfecto dominio del óleo no basta para que una obra alcance la categoría de Arte. Tampoco al revés: no por el simple hecho crear una obra mediante procesos y herramientas tecnológicas (acordémonos de la fotografía, las desdichas que sufrió hasta alcanzar respeto) debe menospreciarse. El tradicional alejamiento del Arte digital por parte de determinados sectores, población y crítica, proviene de una consideración errónea. ¿puede ser artísta todo aquel que puede comprar y poseer un pincel?

El ajuste efectivo de la revolución digital con la sociedad produce una diferencia que lo único que consigue es crear una paranoia colectiva, un espejismo que hace caminar hacia una imagen nebulosa sin saber ni para qué, ni por qué, ni cómo. Imbuidos en una especie de éxtasis colectivo que no consigue sino que una parte mire de reojo a quienes no se ven tocados por la mano divina de la tecnología. La gestión de la Cultura no debe propiciar esta paranoia. Deben ejecutarse planes (evidentemente no solo desde la política cultural) que trabaje desde tres perspectivas:

 La experimentación creativa, posibilitando a los creadores acceder a mecanismos de producción y, sobre todo, de difusión de sus obras,
 La divulgación didáctica, alcanzando a los ciudadanos y colaborando en la superación de la brecha Cibercultural.
 La discusión productiva, relacionando a creadores, gestores y público

No hacemos nada con intentar colarnos en todos los hogares si esa conexión no viene acompañada por una política de “dinamización Cibercultural” que enseñe a apreciar y comprender las nuevas tendencias.

No olvidemos para finalizar que cualquier política cultural tiene, de forma intrínseca, un compromiso de desarrollo social, la promoción de una sociedad equilibrada y justa, de una sociedad comprometida (no en vano las políticas culturales neoliberales buscan eliminar ese compromiso con un dirigismo interventivo desde las instituciones que maneja y con la promoción de la sociedad del espectáculo). Es ese compromiso el que lleva a tomar la Cibercultura como un medio para la implicación ya tomar las herramientas tecnológicas como nuevas formas para estructurar una sociedad que evolucione desde valores solidarios. Cultura y compromiso social han ido siempre de la mano. La acción Cibercultural debe comprometerse a salvar la brecha digital existente, una brecha que no solo consiste en tener o no tener acceso a la Red, sino que se convierte en una brecha cultural cada vez más patente.
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